Del horror al error por Enzo Abbagliati (Subdirector de B.Públicas, DIBAM)

En la edición de ayer de La Tercera, Matías Rivas publicó una columna que, bajo el título El horror de las bibliotecas públicas, critica “el estado calamitoso” en que se encuentran las bibliotecas públicas de nuestro país.
Alcanzo a vislumbrar tras las palabras de Rivas una visión más o menos definida del rol de las bibliotecas como agentes de desarrollo local y una cierta voluntad por llamar la atención de la clase política respecto a la necesidad de priorizar la inversión en las bibliotecas por sobre otros tipos de infraestructura cultural. En ello, es de esperar que columnas como ésta contribuyan al siempre necesario y sano debate público sobre el rol de las bibliotecas en la sociedad actual.
Pero para levantar su argumentación, Rivas plantea un escenario en cuya construcción comete profundas equivocaciones, opina aparentemente sin tener cabal conocimiento de lo que está diciendo, y confunde una y otra vez dos tipos distintos -pero complementarios- de bibliotecas: públicas y escolares. En resumen, del horror de las bibliotecas públicas que él plantea, por ignorancia (no quiero pensar que por mala fe) cae en el error sobre las bibliotecas públicas.
Un ejemplo. Indica que las bibliotecas sólo reciben material adquirido por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura, siendo ésta apenas una de las cuatro fuentes de abastecimiento de material bibliográfico de las bibliotecas públicas. Las otras fuentes (donaciones, depósito legal, compras con recursos del presupuesto de la Dibam) superan el valioso aporte del Consejo, entregando además mayor diversidad a las colecciones. El año 2007, de los más de 153 mil libros comprados para las bibliotecas públicas, los adquiridos por el Consejo representaron el 30,4%.
Destaco las compras que realiza la Subdirección de Bibliotecas Públicas, cuyo presupuesto anual para desarrollar las colecciones de las bibliotecas se ha multiplicado por cinco desde mediados de la década pasada. A través de estas compras, obras de los más distintos géneros, autores y nacionalidades, desde best sellers hasta libros de utilidad para el desarrollo económico de las comunidades locales, han permitido enriquecer las colecciones de las bibliotecas, acercando éstas cada vez más a los intereses de sus usuarios.
Y algo similar, pero con aún una mayor inversión de recursos, es lo que está haciendo el equipo de las bibliotecas escolares del Ministerio de Educación que lidera Constanza Mekis, dotando a colegios y liceos a lo largo de todo el país de Centro de Recursos para el Aprendizaje (CRA) con material de gran calidad.
Otro ejemplo de la falta de información. En varias oportunidades se refiere a la ausencia de inversión en infraestructura para las bibliotecas. De un plumazo, se olvida Rivas de la enorme cantidad de proyectos financiados por el Fondo del Libro y la Lectura para el mejoramiento de los espacios de las bibliotecas públicas. Se olvida de la Biblioteca de Santiago, referente internacional en como recuperar espacios para la comunidad y la lectura. Se olvida del compromiso presidencial de construcción de bibliotecas públicas, que permitirá en los próximos dos años dotar de modernas bibliotecas a cerca de veinte comunas que carecen de ellas en la actualidad. Pero, sobre todo, se olvida Rivas del compromiso de la mayor parte de los municipios de Chile, los que pese a su precaria situación económica, en muchas oportunidades hacen esfuerzos de gran valor para entregar a sus comunidades bibliotecas dignas y acogedoras. Como él menciona a las comunidades apartadas, lo invito a visitar las bibliotecas de Camiña, Ruca Raqui, Curarrehue, San Juan de la Costa, Puerto Ibáñez o Villa Tehuelches, las que he tenido el honor de conocer en estos más de ocho años trabajando para y con ellas. Y no menciono otras, como las de Visviri, Alto del Carmen, Juan Fernández, Melinka, Tortel o Puerto Williams, porque hablaría por referencias. En todas estas bibliotecas quizá la infraestructura no sea perfecta, pero la constante preocupación de los municipios y, sobre todo, el compromiso de su personal, ha permitido que las comunidades se hayan apropiado de sus espacios y sus servicios, los que valoran en alto grado por su calidad.
En los casos mencionados y en cientos más, decir que “no tienen la infraestructura mínima para dar un buen servicio, ni los volúmenes básicos para llamarse biblioteca”, es insultar a quienes hacen de su labor un compromiso cotidiano con sus comunidades de usuarios. En estos años, he llegado al convencimiento de que una biblioteca de excelencia no la hacen ni un buen edificio, ni una buena colección. Estos recursos colaboran, pero quienes hacen de las bibliotecas una herramienta eficaz para atender las necesidades de información, conocimiento, recreación y cultura de las personas, es el personal que en ellas trabaja.
Sí, faltan recursos: siempre faltarán, pese a que en estas dos últimas décadas los presupuestos públicos (nacionales, regionales y locales) destinados a las bibliotecas se han multiplicado varias veces. Pero pese a las limitaciones, las bibliotecas públicas de Chile han aumentado cinco veces las prestaciones (préstamos de libros a domicilio y en sala) en quince años, colaborando en hacer de nuestro país una sociedad más lectora. Se han constituido, a través del programa BiblioRedes, en actores de primera línea en la inclusión digital de los segmentos de menores recursos (ganando por ello, entre otros reconocimientos, el Stockholm Challenge Award, también conocido como el “Nobel de Internet”). Se encuentran en el proceso de automatizar sus colecciones, lo que permitirá el 2010 contar con una catálogo unificado y en línea, base para pensar en el usuario universal y servicios de nueva generación para atender a las comunidades locales. Y aunque no lo crea Matías Rivas, en la mayor parte de los casos, sobre todo en los pueblos más chicos, las bibliotecas públicas son agentes dinamizadores (casi siempre el único) de la vida cultural de la localidad, funcionando simultáneamente como biblioteca, centro cultural, museo, lugar de reunión para las asambleas comunitarias y cuanta necesidad más tengan los habitantes del pueblo.
Por eso, además, no es fortuito que el programa Maletín Literario, se esté ejecutando a través de las bibliotecas, y que sea en éstas donde las familias beneficiadas estén recibiendo sus maletines. La biblioteca pública chilena es hoy la puerta más segura, accesible y sin discriminación que los chilenos y chilenas que viven en condición de mayor vulnerabilidad tienen para acceder al libro, la lectura, Internet, información y cultura. Y quien diga lo contrario, habla desde la ignorancia (considerando la segunda acepción de la palabra, según el Diccionario de la lengua española editado el año 2005 por Espasa Calpe: falta de conocimiento acerca de una materia o asunto determinado).
Fecha: 30 de agosto de 2008
Fuente: Blog de Enzo Abbagliati.
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