Seducción y poder en los cuentos infantiles

raquel8

Abstract

Las truculencias de los cuentos infantiles constituyen su principal seducción y allí radica su poder. Es que la palabra usada en los cuentos infantiles tiene un sentido mágico insuficientemente explorado en las escuelas y aún en la familia.

Al mismo tiempo que atrapa a los niños los prepara para la vida. La Literatura infantil les enseña a construir sus estructuras mentales desarrollando sus procesos de adquisición y afianzamiento de la lengua oral y escrita. Aprenden a construir relaciones entre ellos y las cosas, logran adentrarse en la noción de tiempo y espacio.

Pero la seducción más significativa es la del afecto y la contención que experimenta el niño cuando se le lee, porque se siente al calor y al abrigo materno, ese lugar donde todo es seguro y permanece inalterable en un mundo tan cambiante como indiferente. Ésta es la carta que los docentes debemos apostar en las escuelas.

Seducción y poder en los cuentos infantiles

“Hasta el niño pequeño durante la etapa del balbuceo conoce el erotismo del lenguaje”.

R. Barthes: “El Susurro del lenguaje”

La palabra es usada y percibida por los niños con un sentido mágico insuficientemente explorado y ejercitado en la institución escolar y en el propio marco (aunque más no sea intuitivamente) de la familia; y en ésta, por las madres, ya que son ellas las que más tempranamente ponen en funcionamiento en sus hijos el lenguaje, tan ligado básicamente en los primeros años de vida a las emociones, al afecto, a las necesidades puntuales. Y en este contexto, los cuentos infantiles son un imperativo sustantivo para los niños. Gracias a los relatos aprenden a construir sus “estructuras mentales” (Gianni Rodari, 1973)1 desarrollando sus procesos de adquisición y afianzamiento de la lengua oral y escrita. Aprenden también a construir relaciones entre ellos mismos y las cosas, para adentrarse en la noción de tiempo (”Hace muchos años…”) y de espacio (”En un país muy lejano…”).

La estructura de estos cuentos refleja la propia experiencia infantil: tanto en ellos como en la infancia se atraviesan situaciones extraordinarias, llenas de carencias, y frente a estas encrucijadas, tanto los niños como los personajes de los cuentos buscan a tientas soluciones posibles a sus necesidades; y en esa búsqueda casi siempre hay personas poderosas o superpoderosas que otorgan sus poderes para que los más débiles puedan cumplir su misión o su deseo (el donante, en las categorías de Vladimir Propp)2. Es de consenso unánime entre psicólogos y especialistas de Literatura Infantil el designar a esta edad como un período difícil en el ser humano, cuyas huellas se mantienen toda la vida. Los cuentos, dice Laura Devetach3 sirven para “peligrificar la realidad” haciéndole evidente al niño su necesidad de un ser bueno, en un mundo de desamparo y peligros, donde el único abrigo reside o debería residir, en la casa y en la familia.

Y como casi todo en ellos es carencia e indefensión, y como también, la mayoría de los niños al igual que los personajes de los cuentos infantiles están descontentos con su propia vida, existe en ellos una necesidad psicológica de proyección animista. No en vano los sistemas de representaciones de las sociedades primitivas y los de los niños se asemejan.

Los niños sienten una particular atracción por los cuentos con animales porque les transfieren todo lo que ellos no se atreven a decir ni a hacer, por lo que sus personajes aparecen teñidos de virtudes sobrehumanas, maravillosas. Además, este “mundo del placer sin restricciones, de la pereza y hasta de la suciedad”4 ejerce sobre ellos todo el encanto del permiso de lo que les está vedado.

Al mismo tiempo, esta prohibición, o imposición de obediencia (por ejemplo, en la Cenicienta: volver antes de las doce de la noche) los pone en contacto directo con los límites que los ciñen pero al mismo los contienen restringiendo su libertad. Muchos de los llamados cuentos de advertencia, como el de Caperucita Roja eran contados para formar a los niños. De hecho, los cuentos antiguamente eran contados para educar al ciudadano, y esta tradición todavía prevalece en algunas instituciones escolares, aunque sabemos que hoy la tendencia no es ésa: La desmedida intención de educar nos aleja del verdadero sentido que tiene para chicos y grandes la lectura de los textos literarios. No leemos para educarnos, leemos porque nos gusta hacerlo, porque nos interesa o porque lo necesitamos. Los cuentos no enseñan en el sentido tradicional de la palabra, no han sido escritos para que los niños se moralicen, conozcan la hora, o subrayen en ellos el sujeto y el predicado, pasando así de una finalidad didáctica a otra sintáctica, lo que es peor.

Se trata en cambio de una finalidad como quería Borges: Placentera. El cuento infantil tiene como primera misión la de deleitar y correlativamente enseñar,5 aunque nunca enseña a todos, siempre lo mismo.

Los niños y los cuentos infantiles no solo comparten la fascinación de la anuencia y el necesario aprendizaje de la restricción, como vimos. Comparten una fantástica visión del mundo, que a medida que crecen se va desvaneciendo. Es la estructura dual antagónica:

Bondad/maldad

Poder/debilidad

Derrota/victoria

Belleza/fealdad

Esta misma estructura dual antagónica permanece en ocasiones en ciertas personas adultas que no han logrado alcanzar la madurez esperada; esa zona en que la victoria es la suma y el resultado de más de una derrota, donde los polos a que remiten estas experiencias se unen y alcanzan límites siempre indefinidos.

Es precisamente en las fábulas contemporáneas populares como las de Gustavo Roldán, Graciela Montes, Javier Villafañe, donde se elaboran historias en las que por lo general triunfan los buenos sobre los malos, los débiles sobre los fuertes (siempre en apariencia). Y los niños se identifican con ellos, en su tendencia por restablecer las injusticias.

Las truculencias tan temidas

La actitud más generalizada entre los adultos (aunque no la más recomendable) es apartar al niño de las cosas que lo preocupan: ansiedades desconocidas, fantasías violentas, conflictos edípicos, problemas de identidad, rivalidad entre padres e hijos. Convengamos en que separar al niño de las dificultades propias de la vida misma es una ilusión que al final los deja débiles y desprotegidos. Las truculencias de los cuentos infantiles configuran su principal seducción, y allí radica su poder: Al mismo tiempo que los atrapa los prepara para la vida. Recientes estudios psicológicos han demostrado que los casos drogadicción, prostitución, alcoholismo, deserción escolar, son, entre otras razones, el resultado de haber sido obligados por las circunstancias a enfrentar la realidad privados de su elemental capital simbólico de fantasía y afecto. No podemos negar que frente a las situaciones límites que nos plantea la vida, solo la visión de la fantasía (como la entiende Hegel: manifestación de la energía creadora) y la convicción de la trascendencia logran abrir las puertas de la esperanza.

Por otra parte no puede dejar de mencionarse que la cultura de la imagen, cine, TV, videos clips, ya tiene acostumbrados a los niños que habitan en los medios urbanos al terror y a las situaciones límites aquí comentadas, en general, a un culto a la fealdad, que excede el marco de este análisis.

No sólo se ha intentado injustamente suavizar la literatura infantil; también existe actualmente un modelo cultural, según el cual todo debe ser armonioso y bello, que no se corresponde con el mundo real. Pero, como dice Rodari, los cuentos “constituyen para el niño un mundo aparte, un teatro del que los separa un consistente telón”. El niño, mejor que nosotros, sabe que tiene ante sus ojos pura ficción y a medida que crece irá construyendo nuevas y distintas lecturas, aún del mismo objeto estético.

La magia de la palabra

La Literatura Infantil de hoy abandonó su ropaje didáctico, y desnuda de instrucciones moralizantes busca atrapar a sus destinatarios, no solo los niños, y lo consigue. Transformar palabras, jugar con ellas, y con el niño que juega con ellas: repeticiones, onomatopeyas, juegos lingüísticos, parodias, alteraciones en la lógica propia del relato, que ellos detectan con naturalidad. Hay también un intento por bucear en otras temáticas: el amor, la soledad, la muerte, la marginación social, la crisis del gobierno militar pasado, el tema de los desaparecidos6; son algunas de las preocupaciones de nuestros escritores contemporáneos de cuentos infantiles.

Pero esta actual literatura infantil conserva de los antiguos relatos orales con que se inició la misma magia. Porque en definitiva no hay mayor distancia entre el joven prehistórico que vivió los ritos de iniciación y el niño histórico que vive su iniciación en el mundo de lo humano, tan cruento como los mismos cuentos que le relata su madre. El niño valora el tono de su voz, su personal manera de impostarla, de pronunciar los silencios, hasta el olor de su cuerpo y su calor. Por eso cuando le pide la repetición de una historia que ya conoce, si bien es verdad que lo hace porque le gusta, lo que le seduce más es esa breve presencia materna que durará el mismo tiempo que la historia, por eso solicita una y otra vez la narración del mismo relato. El verdadero poder de la Literatura Infantil es el de permitir a sus destinatarios habitar por un momento en la dimensión de una magia donde todo es posible, porque está acompañado por el afecto, la contención, la seguridad.

¿Podremos los docentes recuperar este espacio de amor ya casi olvidado para tanto niño desprovisto de regazo materno y magia?

1 En: Rodari, Gianni: Gramática de la fantasía. Buenos Aires, Colihue, 1973
2 En: Propp, Vladimir: Morfología del cuento. Buenos Aires, Juan Goyanarte, 1972.
Otro enfoque del donante desarrolla Greimas en: Semántica estructural. Madrid, Gredos, 1971.En este libro el autor establece un correlato entre los actantes (que para él son seis) y el análisis sintáctico de la oración.
3 Devetach, Laura: Consideraciones generales sobre un concepto de Literatura y una metodología de trabajo desde el punto de vista del autor. Congreso Internacional de Literatura Infantil, 1979.
4 Held, Jackeline: Los niños y la Literatura Fantástica. Barcelona, Paidós, 1985. (Citado por Amaré de Ventura y Origgi de Monge, op. cit.)
5 “He oído a ciertas personas decir delante de criaturas de corta edad que leer es cosa muy educativa: sin deseo de caer en extremismos creo que deberían ser quemadas a fuego lento. No sé si leer es cosa muy educativa, lo único que sé es que “la educación resulta de entrada el motivo menos seductor para dedicarse a la lectura”.
En: Savater, Fernando: Lo que enseñan los cuentos. Para “La Nación” desde Madrid. 1989.
6 Montes, Graciela: El golpe y los chicos. Buenos Aires, Colihue, 1997.

Ilustración: Raquel Echenique

Fuente: http://www.corrientesopina.com.ar

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